Resumen: Me quieren amonestar en el tren de regreso a casa desde la universidad por hablar en voz alta de temas culturales con unos amigos.
Desarrollo: La historia es como os la cuento: a la hora de bajarme del tren, un hombre bajito, de unos cincuenta años, con claras señas de calvicie, me informa que se alegra muchísimo de que finalmente abandone el tren. Había estado hablando no muy lejos de donde se sentaba él, y por lo visto aquello que había oído no le había hecho mucha gracia. “He aprendido mucho”, añade burlescamente. Y con “razón”, añado. Cierto que yo soy especialmente propenso a excederme en el tono de voz, además los temas tratados no son que se diga un eximente de mi terrible agravio contra el equilibrio, la armonía y la seguridad de los pasajeros: el crítico como modelo de artista moderno; crítico que es requerido por el sistema artístico en virtud de su competencia a la hora de traducir la obra de arte a un sistema textual codificado, insertándola en una tradición al mismo tiempo que justifica y hace comprensibles (legibles) sus excesos; siendo la obra de arte aquello que propiamente escapa al sistema cultural; internándose esa misma obra, tal vez, en otro sistema no menos problemático: el sistema capitalista, allí donde pierde su valor propio para adquirir un valor de intercambio propio de una mercancía frívola, fashion y subversivamente subvencionada, todo ello dentro del marco de los supermercados/bienales donde lo único que falta es el carrito de la compra.
Como se ha podido ver a través de esta exposición sucinta, el tema es terriblemente farragoso. De todas maneras, me sorprende el tabu que se ha creado acerca de los temas colectivos que parecen apelar más allá de lo propiamente individual, como es el caso de la cultura y el arte. Permitid que me explique. No me cabe la menor duda de que el individuo cincuentón no me hubiera dicho nada si hubiera hablado a grito pelado, por ejemplo, sobre el findesemana, el tiempo, mi sexualidad o la de Cristiano Ronaldo. En otras palabras, no me hubiera dicho nada, si en vez de mencionar algo aparentemente colectivo que parece apelar a todos, como es el caso de la cultura, hubiera mencionado temas in-diferentes respecto de cualquier otro que estuviera sentado donde yo estaba: en un tren de Cercanías de camino a casa, después de un arduo día de trabajo, sin ganas de pensar ni de sufrir el pensamiento de otro que se sienta a tu lado. Como digo, el personajillo en cuestión no hubiera tenido el mayor inconveniente si, en vez de lo oído, yo hubiera hablado acerca de temas tales como el futbol, el tiempo o mi vida privada, a los que bien puedes hacer oídos sordos o por los que bien puedes interesarte movido por un espíritu cotilla e intrometido. Sin embargo, la cultura parece ser algo de lo que no deseamos escuchar, pero con la que inevitablemente tenemos que convivir, a la que no podemos hacer oídos sordos (o tal vez fui yo el que hablé realmente alto. Sea como fuere, es increíble el esfuerzo que se toman algunos en cohibir el pensar con tal de no pensar. El proyecto humanista-ilustrado fracasa nada más coger el tren de camino a la realidad.
Conclusión: Todo para el pueblo pero sin que lo oiga el pueblo.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
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