lunes, 14 de diciembre de 2009

[ Mail escrito a Alejandro Mate-Sanz al hilo de la frase de Stalin: "El cine ayuda a la clase obrera y a su partido a educar a sus trabajadores en el espíritu del socialismo, a organizar a las masas para la lucha por el socialismo, a elevar su nivel de cultura y su capacidad de lucha política." ]

Estaba muy acertado Stalin en su concepción teórica del arte como instrumento al servicio de una toma de conciencia colectiva acerca de las condiciones materiales de la existencia humana. Lo problemático fue el modo en que lo llevo a la práctica: despidiendo o forzando al exilio, cuando no a un silencio prologando, a muchos de sus mejores artistas y cineastas. Ya sabes lo que le pasó a Malevich (quien abandonó el suprematismo obedeciendo la orden de “normalización realista” impuesta por el régimen). Dziga Vertov fue rebajado a productor de noticiarios convencionales y allí terminó su prometedora carrera filmográfica. Al periodo de explosión creativa y experimental de los primeros años del régimen le sucedió una fuerte criba realista. El arte se convirtió en algo desde luego accesible a los trabajadores, aunque nada revolucionario: en un producto mimético de la sociedad, que nunca superaría el nivel cultural de su público; esto es, el proyecto de "elevar el nivel cultural de los trabajadores a través del arte" terminó revirtiendo en "disminuir el nivel cultural del arte a las capacidades comprensivas del trabajador". Muchos de los mecanismos de banalización y de satisfacción de masas que se utilizaban en Holliwood fueron exportados; de la unión de estos mecanismos con la autopublicidad constante de las glorias del régimen, surgió un cine de corte sentimentalista y patriótico que podría resumirse como "folklore ruso reinventado a la luz del "progreso socialista"".

Desde mi punto de vista, la relación entre el arte político y la recepción que tiene del mismo el gran público, siempre ha tenido, y tendrá, un carácter polémico. Las buenas intenciones transformadoras que el arte político expresa dentro de sus obras a través de la preeminencia de mecanismos de toma de conciencia colectiva, unidos a la exposición rigurosa de los problemas de su tiempo, han de enfrentarse a la actitud en la mayor parte de las ocasiones pasiva e indiferente que la "masa" adopta acerca de tales cuestiones. A esto se une la reticencia a abandonar el estadio estético previo a toda hipotética "revolución cultural".

En nuestra situación actual, la revolución cultural que está por llegar se ve precedida por un estado de decadencia consumista y retrógrada que pivota constantemente sobre los prejuicios existenciales de una sociedad cliché alimentada de productos estéticamente alienantes. Estos productos (como es el caso del cine holliwoodiense o la poesía de la experiencia española) se caracterizan por su consumición rápida, no problemática y carente de sentido; cumplen al mismo tiempo un papel ritual: el cine (el espacio de la sala de cine) ha sustituido al teatro burgués del pasado como lugar de encuentro y esparcimiento donde es más importante la parafernalia ritual (palomitas, coca-cola y acompañante) del consumo -en los teatros de comienzos de siglo se daba mayor preeminencia a la exhibición de las galas; he aquí una diferencia-. La sociedad de los individuos en la que habitamos se ve apelada hoy día por valores subjetivos; la calidad de las obras se mide a través de su capacidad de "impresión" en el sujeto; los efectos especiales, el sentimentalismo y la expectación son por lo tanto los instrumentos preeminentes del gusto subjetivo que dan pie a una identificación alienante con la dramaturgia de la escena, carente de crítica, de distancia, de implicación, de compromiso ideológico; la gente llora, se recrea y enamora, Combo Doble de palomitas en mano. Se puede decir, en resumen, que el cine comercial es hoy día un instrumento insustituible de privación de la libertad individual: el público se arroja a las butacas escapando de la realidad, lejos de esa realidad donde ha de tomar sus propias decisiones interpretativas y transformadoras; se arroja a las butacas en busca de un mundo imaginario, ya dado, que, en su lugar, habitan estrellas famosas. Un arte de carácter político habrá que enfrentarse con el hedonismo y la frivolidad dominante a través de mecanismo de racionalización y desvinculación revolucionaria respecto de si mismo: problematizar el estatuto social de los propios productos culturales.

Para decirlo con Schiller: "Vive con tu siglo, pero no seas obra suya; da a tus coetáneos aquello que necesitan, pero no lo que aplauden.”[1]

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[1] Friedrich Schiller: Cartas sobre la educación estética del hombre, Ed. Anthropos, Barcelona, 1990, p. 179.

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