viernes, 3 de septiembre de 2010

José Luis Brea: un crítico decisivo.

Fernando Castro Flórez.

Tras librar, con una entereza ejemplar, una batalla desigual con el cáncer, José Luis Brea, uno de los críticos y teóricos del arte contemporáneo más brillantes en el panorama español, ha fallecido. Destacó en los años ochenta con un discurso que desbordaba las tendencias más ramplonas imperantes en la crítica periodística; con formación filosófica y querencia especial por la escritura de Deleuze y Guattari o las micrologías de Benjamín, lanzó audaces tesis en las que venía a defender el post-conceptualismo. Su discutida exposición Antes y después del entusiasmo (1989) estaba cimentada en una aguda revisión de los procedimientos alegóricos en fecundo diálogo con las teorizaciones de Craig Owens o Paul de Man. En libros como Las auras frías o sedimentó su escritura conceptista y con tendencia a lo hermético. Era, a pesar de la apariencia impenetrable de sus argumentos, un sujeto extremadamente curioso y con un deseo de comunicar con otro que, progresivamente, fue ausentándose. Aunque mantuvo la actividad curatorial, en el tránsito al siglo XXI se fue decantando por el mundo digital. José Luis Brea ha sido uno de los agitadores del “saber cibernético” con mayor entusiasmo y radicalidad. En páginas web como aleph, w-3art o salonkritik, recogió textos cruciales y trató de generar un espacio público de discusión. Fue profesor en la facultad de Bellas Artes de Cuenca y, en los últimos años, daba clases en la Universidad Carlos III de Getafe. Dirigió revistas de hondo calado reflexivo como “Arena”, “Acción Paralela” o la “Estudios Visuales” que publica el CendeaC. Uno de sus últimos libros se titula Noli me legere en el que afloraba su obsesión por la escritura y la preocupación de que tal vez no existiera una mirada ajena que evitara que todo se disolviera como humo. No era, ni mucho menos, una voz intrascendente, al contrario, su incidencia ha sido importante en artistas de su generación y más allá de nuestras fronteras había encontrado lectores atentos. Nunca quiso ser un divulgador ni un cronista, había librado crudas contiendas ideológicas y no tenía miedo a decir lo que pensaba; prefería siempre el argumento laberíntico o, mejor, rizomático al panfleto. Detestaba las obviedades y confiaba en que “otra comunidad” era posible. Considero que ha sido uno de los poquísimos teóricos del arte español con voluntad propositiva; ese era su empeño: aportar ideas, discutir dispositivos visuales, generar nuevas formas de enunciación. En ese umbral hizo apuestas decisivas.

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