jueves, 31 de mayo de 2012

HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II


desde barcelona, otra de loyola records y dsb,
producida no en catalán
sino en un alemán muniqués en clave de reencuentro.
pronto en bizarro 2.0 "SIDDHARTHA"

HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II

tras asistir al lanzamiento del CSS6, camino a barcelona y antes de morille

miércoles, 30 de mayo de 2012

HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II


HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II


HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II


HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II


HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II


HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II


HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II

acuerdos editoriales en valencia

HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II

Urgando en aras del 3D. Parte 1

LA PENUMBRA SON LOS CANTOS Y LAS RISAS

DE NUEVO LA MIERDA ME DA CALOR Y SUERTE, LA FE EN LOS SUEÑOS SE ARRAIGA POR LIBERACION Y LA MIERDA BIEN ADMINISTRADA ES LA FRONTERA DE LAS MIL FLORES. EL QUEMÓ LA MADERA Y SE REFUJIO EN LAS CENIZAS. Tenemos la misma savia y la misma raíz-mierda.

martes, 29 de mayo de 2012

"Play at Your Own Risk" extraterrestre vente pa'ca a ponerte morao de jamon iberico

50 98/ Se corto-centraron en el cd- post la saga de los 1001 circuito cerrado electrónico, donde el estornudo sacudio el alma, quedando en un delay momentaneo de 5 dias, tras el fuerte temblor se reajustaron las escalas para marcar el nuevo hito de referencia, del needle al sl-1200 sudor hasta detras de la nuca. Se estimulo asi la zona reptiliana que nos ayuda a destapar el aura, enfrentado alli a mi propia sombra pege un respingo morrocutudo, mi sombra es Afrika Bambaataa

DEL POLLO A LA RAJA

EN LA MESA DE HULE PUSE UNAS PATAS DE POLLO Y CEJE EL SOSTEN DANDOLE PUNTILLA RASEANDO, LA ESCODA INSTALADA EN EL CAMAROTE DE INVITADOS, CASI PELIGRÓ LA QUILLA VALANCEANDOSE DE UN LADO A OTRO, CON EL COÑO DEPILADO. RASURADO ANIMAL DEL VALLE. TE PONDREMOS TU VALLE Y ABRIREMOS EL RINCON DE TU CUENCA

SHIT AND SOVEREIGNTY / PAULA COBO
(Fuckin’ Marcianos version)

Un spaghetti western de Arturo Cariceo
postproduced, recomposed and performed by Loyola Records
en asociación con La Santa Congregación para la Doctrina del Arte, Inc.
Licensed under a Creative Commons
Atributtion-Noncomercial 3.0 License
Recorded at Donde Loyola
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Tracklisting
01. La doctrina de la nada
02. Iconoclastia de iconoclastias
03. Situaciones contundentes
04. Prácticas habituales
05. 1879
06. Shit and Sovereignty
07. Pier Paolo
08. Anthem
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Todos los cortes producidos por Loyola Records, DSB y Paula Cobo entre Santiago, Chile / Barcelona-Cuenca, España / San Francisco, USA, 2012. 

HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II


DIOS EXISTE Y ES UN DOGO ALEMAN

ESTAMOS MUY LEJOS DE TODO LO QUE APRENTEMENTE SE ACERCABA PARA NUTRIR NUESTRAS ALMAS, NO NOS TOCARA NUNCA ESE SACRIFICIO DE CIEN VICTIMAS QUE OFRECIAN ANTIGUAMENTE ALGUNOS PUEBLOS A LOS DIOSES.

lunes, 28 de mayo de 2012

HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II


HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II


HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II

OBRA INVISIBLE DEL 28 AL 29 DE MAYO :
excursión nocturna por la sierra conquense, invitando a respirar y a tener conciencia del propio estado de deseo. sin descuidar la historia del arte, la cantidad de oxígeno en sangre, la presión arterial, el ritmo cardiaco y la disminución de la ansiedad. la ruta terminó en el puente san pablo al amanecer.

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HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II

hoy se clausura la muestra sobre arte chileno de la que fui curator.  exhibi obras audiovisuales realizadas entre 1972 y 2012. desde la cuenca hispana mis saludos a la cuenca andina.
 "SHIT AND SOVEREIGHTY"
OTRA DE LOYOLA RECORDS Y DSB
CON LA VOZ DE LA ARTISTA PAULA COBO
GRABADO ENTRE BARCELONA Y SAN FRANCISCO (USA)

LANZAMIENTO: BARCELONA, 31 DE MAYO

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HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II


HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II


HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II

miguel romera, uno de esos filosofos con los que da gusto desarreglar el mundo. nada de erudiciones pedantes y repleto de preguntas sin responder. una especie de fox william mulder y hank moody en clave deleuze y guattari.

coming soon en El Gallo
"Arte, Estética y Política. ¡que COÑO es esto!"

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ROMERA ROAD

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a 96 horas después del convento de las carmelitas descalzas, 48 después de la ruta portando la venus andina, 24 del canto sufi en El Gallo y a unas cuantas de mi visita a la Ermita de San Antonio de La Florida.

domingo, 27 de mayo de 2012

HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II


OBRA INVISIBLE DEL 26 DE MAYO 2012:
A las seis de la mañana, cuelgo mi calzado de montaña en los hombros e inicio el cruce descalzo por el puente romano, pasando por la puerta  de San Pablo y bajo el puente del Concilio de Trento, caminando por toda la Gran Vía hasta detenerme en la iglesia de san Marcos. Durante todo el recorrido porté una venus de Valdivia, prehispánica, del área andina.

HACIA UN INQUIETANTE MERIDIANO II


OBRA INVISIBLE DEL 27 DE MAYO 2012: 
contemplar el amanecer salmantino desde la puerta de Arte El Gallo, tarareando un canto sufí que me enseñó la artista Elena Gonzalez-García del Bello. Luego realizar un discreto graffiti mimetizado junto a todos los otros que tiene la puerta del Centro de Arte Contemporáneo.

FALTAN HORAS PARA EL REENCUENTRO DE SU EXTRAÑO PARECIDO

LA RELACION ENTRE FAMILIAS AMORES Y DESCABEZAMIENTOS PERTENECEN A LAS CATEDRAS VIOLENTAS ASISTIDAS POR FINOS INTELECTUALES DE OBRAS INVISIBLES. ESTAMOS EN EL ORIGEN DE LA ARQUITECTURA CRANEAL, DEL ENSAYO CONCIENZUDO DE ROSTRO Y PERFILES QUE SIN QUERER UN DIA VIMOS SU EXTRAÑO PARECIDO. GOYA Y CAGON AND CRISTA FUERON DE LA MANO Y SUS POLLAS COMO SUS PINCELES BROTARON TIEJERETAS Y COLORINES, SON LOS MISMOS? O TAL VEZ SEA ÉL MISMO "LOS INMORTALES"

sábado, 26 de mayo de 2012

HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II

seis tres de la mañana. en salamanca y rodeado de la serie vollard de picasso. tras conocer el legado bohemio de domingo sánchez blanco sigo pensando. mas aún despues de que hoy, en realidad ayer, estuve expuesto a una cantidad de videos del catedro que no conocia o solo habia visto por capturas. seis doce. en una hora y algo la estacion de buses empieza su dia. los boletos no solo son para retornar a cuenca. y eso tambien (me) inquieta.


UNA PARTE DE SU CUERPO ESTABA DURA Y EL TAPON EN EL SUELO

LOS FILOSOFOS LOS BARRILES EL BAILE TRENZAN APASIONADAMENTE UN TRIO CINICO, LA AUSTERIDAD DEL BARRIL HACE QUE LA CUMBIA DE AMOR SEA TRASCENDENTAL: condición de posibilidad del conocimiento, es decir, condición que debe cumplirse para que sea posible el conocimiento de algo. SEGUIR EN EL BARRIL PARA lA CAPACIDAD DE RECIBIR LAS IMPRESIONES EN PRESENCIA DE LOS OBJETOS. ES PASIVA, ES DECIR, SE LIMITA A RECIBIR DATOS VOLUPTUOSOS.

viernes, 25 de mayo de 2012

LA MEMORIA HISTORICA, ME ARREBATA MULATA

ITAY☻♣◘SIEMPRE TE DARE ESE CALOR QUE BUSCAS Y DESEAS Ubicación: Puebla, México Fecha de publicación: Domingo 02 de Octubre de 2011 IP: 189.131.* ERES ARRIESGADO Y CON GANAS DE HACER ALGO MUY EXTREMO LLAMAME YA VERAS LO ARRIESGADA QUE SOY Y TODO LO QUE PUEDO LOGRAR HACERTE SENTIR LLAMAME. SERVICIO LAS 24 HORAS DE DOMOINGO A DOMINGO, LLAMA YA….…2223802763.itay

EL PLACER INTENSO CON LA ANGUSTIA

Si la prohibición entra en juego plenamente, es difícil. La prohibición fue por adelantado algo conveniente para la ciencia: alejaba su objeto —lo prohibido— de nuestra conciencia, arrebataba al mismo tiempo de nuestra conciencia —al menos a la conciencia clara— el movimiento de pavor cuya consecuencia era la prohibición. Pero el rechazo del objeto perturbador, así como de la perturbación, fue necesario para la claridad —que nada perturbaba— del mundo de la actividad, del mundo objetivo. Sin lo prohibido, sin la primacía de la prohibición, el hombre no habría podido alcanzar la conciencia clara y distinta sobre la cual se fundó la ciencia. La prohibición elimina la violencia, y nuestros movimientos de violencia (y entre ellos los que responden al impulso sexual) destruyen en nosotros el tranquilo ordenamiento sin el cual es inconcebible la conciencia humana.

UNA CONFUSION ENTRE EL MEJILLON Y LA FANTASIAS SEXUAIS

''A Menina te chama para jantar, você vai, achando que é um gesto de amizade, chega lá ela te fala para você que é um jantar a beira da piscina, você vai e tudo, ela te convida para ir nadar, eu achando que era um gesto de amizade troquei de roupa e fui para nadar, pergunto pelos familiares dela ela me diz que não tem ninguém lá, quando eu olho para ela esta toda vermelha, custando a falar, e com os batimentos cardiacos quase arrebentando pelo seu peito, ela se levanta e custa me dizer que esta afim de ficar comigo, (risos), não posso negar a um pedido como esses, ainda mais da minha amiga, pensei, vou mostrar para essa menina um pouco dos prazeres eu vou dar muito prazer para ela, e rolou.'', afirma. Leonel, Leonel, mais explica.... e Namoro? ''Não, só amizade mesmo, amizade colorida.'' (risos) Puxa! Depois dessas 'Histórias' é melhor fechar esta matéria.

jueves, 24 de mayo de 2012

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mountain bike a valdecabras: he visto un caracol deslizarse por el filo de una navaja y sobrevivir.

EL CUADRO Y EL MOSQUITO

ME PICO UN VIOLERO EN LA PORRA DE LA NARIZ, PASEANDO POR LA COCINA ME ENCONTRE CON LA VECINA. SE ME VE EL PLUMERO ME GUSTA ENSEÑARLO. LE PASO POR EL LOMO LA MANITA Y NO SE ENTERO. EL RUBIO NORTEAMERICANO, LE HACE MUECAS EMPALMADO ESCRIBIENDO CON SU PLUMA LA FOTOGRAFIA RENANA.

HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II


HACIA UN MERIDIANO INQUIETANTE II

redacto desde el casco histórico de la ciudad fortaleza de cuenca. la vista es espectacular. es un  lugar privilegiado para reflexionar sobre arte, ciencias y tecnología. atrás ya están mis periplos por las ensimismadas linz y karlsruhe. observo a la distancia los tejados rojos de la urbe. es desagradable venir desde tan lejos a perder el tiempo. peor cuando te lo hacen perder. hay mucho por hacer y poco el tiempo. este descargo no es un parentesis. mi escritorio reboza de literatura especializada muy puesta al día, del mismo modo, que en unas horas mas me zambulliré en fondos museales como pocas veces podré hacerlo en la vida. incluso para los mismos europeos. el cielo despejado me abraza. es más que probable que después de urgetear en las obras de roy ascott, tome mi morral y parta a peripatear por castilla-la mancha via renfe, para luego, aqui de nuevo, documentar mi resistencia a la seductora mediocridad y patetico conformismo de los que se dedican al arte por ignorancia.

miércoles, 23 de mayo de 2012

domingo, 20 de mayo de 2012

La analepsis de seda se entrelaza derramando toda la miel, El gigante ahogado Han sacado la cabaña del contratista, la grúa y el andamiaje, y la arena impulsada hacia la bahía a lo largo de la costa ha enterrado la pelvis y la columna vertebral. En el invierno los altos huesos curvos están abandonados, golpeados por las olas, pero en el verano son una percha excelente para las gaviotas fatigadas.

 En la sombra aparece un abrazo que envuelve y hace desaparecer, el humo que se fugo hacia la ventana y se dice como del que nunca más se supo, atractores del gemido que no hacian más que empujar hacia el precipicio, toque la seda y note como mi piel cambiaba. En todas las dimensiones recogimos un ritmo absurdo, insostenible, terrible e incluso malvado en escalas de de  ficción pulposa, te mire y me di cuenta que estabas buscando algo, una mirada penetrante, depredadora, imparable, derramando la miel y el carmin, fui a la cueva y encontre el documento que llevaba tiempo buscando, atrás quedaron la confianza y el cariño, el update salvaje nos puso en nuestro sitio, el moet chandon se reventó en el congelador, olvidamos el marisco y todo se pùdrió, el maserati gripado lo desguazaron poco a poco, y lo que quedaba del chasis entro en podredumbre para desvanecerse en el tiempo, todo aquella madera tropical se empocheció inexplicablemente, la carcoma ataco al nogal y la residencia junto a la playa se se desmanteló, el marmol emperador lo acachinaron al arrastrar los muebles hacia una hogera enorme. Lo más terrible fue los olores que desprendian todos aquellos trajes de seda con gusanos, donde el agua encharcada había estancado los armarios y los aparadores, la porcelana se apilaba en el suelo desvencijado. Los arboles del jardin con las copas de un marrón infertil, nunca volvieron a florecer, y el asentamiento desigual provocado por una nueva deriva litoral radioactiva resquebrajo los muros y hundió el tejado, el pozo se ennegreció y los niveles freatico se infectaron de purines, una nueva bruma, más densa que la anterior envolvió la playa, donde no nos volvimos a encontrar jamás.

-ANALEPSIS-FLASHBACK-  
En la mañana después de la tormenta las aguas arrojaron a la playa, a ocho kilómetros al noroeste de la ciudad, el cuerpo de un gigante ahogado. La primera noticia la trajo un campesino de las cercanías y fue confirmada luego por los hombres del periódico local y de la policía. Sin embargo, la mayoría de la gente, incluyéndome a mí, no lo creímos, pero la llegada de otros muchos testigos oculares que confirmaban el enorme tamaño del gigante excitó al fin nuestra curiosidad. Cuando salimos para la costa poco después de las dos, no quedaba casi nadie en la biblioteca donde yo y mis colegas estábamos investigando, y la gente siguió dejando las oficinas y las tiendas durante todo el día, a medida que la noticia corría por la ciudad.

En el momento en que alcanzamos las dunas sobre la playa, ya se había reunido una multitud considerable, y vimos el cuerpo tendido en el agua baja, a doscientos metros. Lo que habíamos oído del tamaño del gigante nos pareció entonces muy exagerado. Había marea baja, y casi todo el cuerpo del gigante estaba al descubierto, pero no parecía ser mayor que un tiburón echado al sol. Yacía de espaldas con los brazos extendidos a los lados, en una actitud de reposo, como si estuviese dormido sobre el espejo de arena húmeda. La piel descolorida se le reflejaba en el agua y el cuerpo resplandecía a la clara luz del sol como el plumaje blanco de un ave marina, Perplejos, y descontentos con las explicaciones de la multitud, mis amigos y yo bajamos de las dunas hacia la arena de la orilla. Todos parecían tener miedo de acercarse al gigante, pero media hora después dos pescadores con botas altas salieron del grupo, adelantándose por la arena. Cuando las figuras minúsculas se acercaron al cuerpo recostado, un alboroto de conversaciones estalló entre los espectadores. Los dos hombres parecían criaturas diminutas al lado del gigante. Aunque los talones estaban parcialmente hundidos en la arena, los pies se alzaban a por lo menos el doble de la estatura de los pescadores, y comprendimos inmediatamente que este leviatán ahogado tenía la masa y las dimensiones de una ballena.

Mis compañeros y yo caminamos alrededor de la parte que daba al mar; las caderas y el tórax del gigante se elevaban por encima de nosotros como el casco de un navío varado. La piel perlada, distendida por la inmersión en el agua del mar, disimulaba los contornos de los enormes músculos y tendones. Pasamos por debajo de la rodilla izquierda, que estaba ligeramente doblada, y de donde colgaban los tallos de unas húmedas algas marinas. Cubriéndole flojamente el diafragma y manteniendo una tenue decencia, había un pañolón de tela, de trama abierta, y de un color amarillo blanqueado por el agua. El fuerte olor a salitre de la prenda que se secaba al sol se mezclaba con el aroma dulzón y poderoso de la piel del gigante.

Nos detuvimos junto al hombre y observamos el perfil inmóvil. Los labios estaban ligeramente separados, el ojo abierto nubloso y ocluido, como si le hubieran inyectado algún líquido azul lechoso, pero las delicadas bóvedas de las ventanas de la nariz y las cejas daban a la cara un encanto ornamental que contradecía la pesada fuerza del pecho y de los hombros.

La oreja estaba suspendida sobre nuestras cabezas como un portal esculpido. Cuando alcé la mano para tocar el lóbulo colgante alguien apareció gritando sobre el borde de la frente. Asustado por esta aparición retrocedí unos pasos, y vi entonces que unos jóvenes habían trepado a la cara y se estrujaban unos a otros, saltando en las órbitas.

La gente andaba ahora por todo el gigante, cuyos brazos recostados proporcionaban una doble escalinata. Desde las palmas caminaban por los antebrazos hasta el codo y luego se arrastraban por el hinchado vientre de los bíceps hasta el llano paseo de los músculos pectorales que cubrían la mitad superior del pecho liso y lampiño. Desde allí subían a la cara, pasando las manos por los labios y la nariz, o bajaban corriendo por el abdomen para reunirse con otros que habían trepado a los tobillos y patrullaban las columnas gemelas de los muslos.

Seguimos caminando entre la gente, y nos detuvimos para examinar la mano derecha extendida. En la palma había un pequeño charco de agua, como el residuo de otro mundo, pisoteado ahora por los que trepaban al brazo. Traté de leer las líneas que acanalaban la piel de la palma buscando algún indicio del carácter del gigante, pero la dilatación de los tejidos casi las había borrado, llevándose todos los posibles rastros de identidad y los signos de las últimas circunstancias trágicas. Los huesos y los músculos de la mano daban la impresión de que el coloso no era demasiado sensible, pero la precisa flexión de los dedos y las uñas cuidadas, cortadas todas simétricamente a una distancia de quince centímetros de la carne mostraban un temperamento de algún modo delicado, confirmado por las facciones griegas de la cara, en la que se posaban ahora como moscas todos los vecinos del pueblo.

Hasta había un joven de pie en la punta de la nariz, moviendo los brazos a los lados y gritándoles a otros muchachos, pero la cara del gigante conservaba una sólida compostura.

Regresando a la orilla nos sentamos en la arena y miramos la corriente continua de gente que llegaba del pueblo. Unos seis o siete botes de pesca se habían reunido a corta distancia de la costa, y las tripulaciones vadeaban el agua poco profunda para ver desde más cerca esta presa traída por la tormenta. Más tarde apareció una partida de policías y con poco entusiasmo intentó acordonar la playa, pero después de subir a la figura recostada abandonaron la idea, y se alejaron todos juntos echando miradas divertidas por encima del hombro.

Una hora después había un millar de personas en la playa, y doscientas de ellas estaban de pie o sentadas en el gigante, apiñadas en los brazos y las piernas o circulando en un alboroto incesante por el pecho y el estómago. Un grupo de jóvenes se había instalado en la cabeza, empujándose unos a otros sobre las mejillas y deslizándose por la superficie lisa de la mandíbula. Dos o tres habían montado a horcajadas en la nariz, y otro se arrastró dentro de uno de los orificios, desde donde ladraba como un perro.

Esa tarde volvió la policía y abrió paso por entre la multitud a una partida de hombres de ciencia —autoridades en anatomía y en biología marina— de la universidad. El grupo de jóvenes y la mayoría de la gente bajaron del gigante, dejando atrás unas pocas almas intrépidas encaramadas en las puntas de los dedos de los pies y en la frente. Los expertos anduvieron a pasos largos alrededor del gigante, deliberando con señas vigorosas, precedidos por los policías que iban apartando a la multitud. Cuando llegaron a la mano extendida, el oficial mayor se ofreció para ayudarlos a subir a la palma, pero los expertos se negaron apresuradamente. Luego que estos hombres regresaron a la orilla, la muchedumbre trepó una vez más al gigante, y cuando nos marchamos a las cinco ya se habían apoderado totalmente del cuerpo, cubriendo los brazos y las piernas como una compacta banda de gaviotas posada en el cadáver de un cetáceo.

Visité de nuevo la playa tres días después. Mis amigos de la biblioteca habían vuelto al trabajo, y habían delegado en mí la tarea de vigilar al gigante y preparar un informe. Quizá entendían mi interés particular por el caso, y era realmente cierto que yo estaba ansioso por volver a la playa.

No había nada necrofílico en esto, porque el gigante estaba realmente vivo para mí, más vivo por cierto que la mayoría de la gente que iba allí a mirarlo. Lo que yo encontraba tan fascinante era en parte esa escala inmensa, los enormes volúmenes de espacio ocupados por los brazos y las piernas que parecían confirmar la identidad de mis propios miembros en miniatura, pero sobre todo el hecho categórico de la existencia del gigante. No hay cosa en la vida, quizá, que no pueda ser motivo de dudas, pero el gigante, muerto o vivo, existía en un sentido absoluto, dejando entrever un mundo de absolutos análogos, de los cuales nosotros, los espectadores de la playa, éramos sólo imitaciones, diminutas e imperfectas.

Cuando llegué a la costa el gentío era considerablemente menor, y había unas doscientas o trescientas personas sentadas en la arena, merendando y observando a los grupos de visitantes que bajaban por la playa. Las mareas sucesivas habían acercado el gigante a la costa, moviendo la cabeza y los hombros hacia la playa, de modo que el tamaño del cuerpo parecía duplicado, empequeñeciendo a los botes de pesca varados ahora junto a los pies. El contorno irregular de la playa había arqueado ligeramente el espinazo del gigante, extendiéndole el pecho e inclinándole la cabeza hacia atrás, en una posición más explícitamente heroica. Los efectos combinados del agua salada y la tumefacción de los tejidos le daban ahora a la cara un aspecto más blando y menos joven. Aunque a causa de las vastas proporciones del rostro era imposible determinar la edad y el carácter del gigante, en mi visita previa el modelado clásico de la boca y de la nariz me habían llevado a pensar en un hombre joven de temperamento modesto y humilde. Ahora, sin embargo, el gigante parecía estar, por lo menos, en los primeros años de la madurez. Las mejillas hinchadas, la nariz y las sienes más anchas y los ojos apretados insinuaban una edad adulta bien alimentada, que ya mostraba ahora la proximidad de una creciente corrupción.

Este acelerado desarrollo postmortem, como si los elementos latentes del carácter del gigante hubieran alcanzado en vida el impulso suficiente como para descargarse en un breve resumen final, me fascinaba de veras. Señalaba el principio de la entrega del gigante a ese sistema que lo exige todo: el tiempo en el que como un millón de ondas retorcidas en un remolino fragmentado se encuentra el resto de la humanidad y del que nuestras vidas finitas son los productos últimos. Me senté en la arena directamente delante de la cabeza del gigante, desde donde podía ver a los recién llegados y a los niños trepados a los brazos y las piernas.

Entre las visitas matutinas había una cantidad de hombres con chaquetas de cuero y gorras de paño, que escudriñaban críticamente al gigante con ojo profesional, midiendo a pasos sus dimensiones y haciendo cálculos aproximativos en la arena con maderas traídas por el mar. Supuse que eran del departamento de obras públicas y otros cuerpos municipales, y estaban pensando sin duda cómo deshacerse de este colosal resto de naufragio.

Varios sujetos bastante mejor vestidos, propietarios de circos o algo así, aparecieron también en escena y pasearon lentamente alrededor del cuerpo, con las manos en los bolsillos de los largos gabanes, sin cambiar una palabra. Evidentemente, el tamaño era demasiado grande aun para los mayores empresarios. Al fin se fueron, y los niños siguieron subiendo y bajando por los brazos y las piernas, y los jóvenes forcejearon entre ellos sobre la cara supina, dejando las huellas arenosas y húmedas de los pies descalzos en la piel blanca de la cara.

Al día siguiente postergue deliberadamente la visita hasta las últimas horas de la tarde, y cuando llegué había menos de cincuenta o sesenta personas sentadas en la arena. El gigante había sido llevado aún más hacia la playa, y estaba ahora a unos setenta y cinco metros, aplastando con los pies la empalizada podrida de un rompeolas. El declive de la arena más firme inclinaba el cuerpo hacia el mar, y en la cara magullada había un gesto casi consciente. Me senté en un amplio montacargas que habían sujetado a un arco de hormigón sobre la arena, y miré hacia abajo la figura recostada.

La piel blanqueada había perdido ahora la perlada translucidez, y estaba salpicada de arena sucia que reemplazaba la que había sido llevada por la marea nocturna. Racimos de algas llenaban los espacios entre los dedos de las manos, y debajo de las caderas y las rodillas se amontonaban conchillas y huesos de moluscos. No obstante, y a pesar del engrosamiento continuo de los rasgos, el gigante conservaba una espléndida estatura homérica. La enorme anchura de los hombros y las inmensas columnas de los brazos y las piernas transportaban la figura a otra dimensión, y el gigante parecía más la imagen auténtica de un argonauta ahogado o de un héroe de la Odisea que el retrato convencional de estatura humana en el que yo había pensado hasta ese momento.

Bajé a la orilla y caminé entre los charcos de agua hacia el gigante. Había dos muchachos sentados en la cavidad de la oreja, y en el otro extremo un joven solitario estaba encaramado en el dedo de un pie, examinándome mientras me acercaba. Como yo había esperado al postergar la visita, nadie más me prestó atención, y las personas de la orilla se quedaron allí envueltas en las ropas de abrigo.

La mano derecha del gigante estaba cubierta de conchillas y arena, que mostraba una línea de pisadas. La mole redondeada de la cadera se elevaba ocultándome toda la visión del mar. El olor dulcemente acre que yo había notado antes era ahora más punzante, y a través de la piel opaca vi las espirales serpentinas de unos vasos sanguíneos coagulados. Aunque pudiera parecer desagradable, el descubrimiento de esta incesante metamorfosis, una visible vida en la muerte, me permitió al fin poner los pies en el cadáver.

Usando el pulgar como pasamano, trepé a la palma y comencé el ascenso. La piel era más dura de lo que yo había esperado, cediendo apenas bajo mi peso. Subí rápidamente por la pendiente del antebrazo y por el globo combado del bíceps. La cara del gigante ahogado asomaba a mi derecha; las cavernosas ventanas de la nariz y las inmensas y empinadas laderas de las mejillas se elevaban como el cono de un extravagante.

Di la vuelta por el hombro y bajé a la amplia explanada del pecho, sobre la que se destacaban los costurones huesudos de las costillas, como vigas inmensas. La piel blanca estaba moteada por las magulladuras negras de innumerables huellas, donde se distinguían claramente los tacos de los zapatos. Alguien había levantado un pequeño castillo de arena en el centro del esternón y trepé a esa estructura derruida a medias para tener una mejor visión de la cara.

Los dos niños habían escalado la oreja y se arrastraban hacia la órbita derecha, cuyo globo azul, completamente cerrado por un fluido lechoso, miraba ciegamente más al]á de aquellas formas diminutas. Vista oblicuamente desde abajo, la cara estaba desprovista de toda gracia y serenidad; la boca contraída y la barbilla alzada, sustentada por los músculos gigantescos, se parecían a la proa rota de un colosal naufragio. Tuve conciencia por vez primera de los extremos de esta última agonía física, no menos dolorosa porque el gigante no pudiera asistir a la ruina de los músculos y los tejidos. El aislamiento absoluto de la figura postrada, tirada como un barco abandonado en la costa vacía, casi fuera del alcance del rumor de las olas, transformaba la cara en una máscara de agotamiento e impotencia.

Di un paso y hundí el pie en una zona de tejido blando, y una bocanada de gas fétido salió por una abertura entre las costillas. Apartándome del aire pestilente, que colgaba como una nube sobre mi cabeza volví la cara hacia el mar para airear los pulmones Descubrí sorprendido que le habían amputado la mano izquierda al gigante.

Miré con asombro el muñón oscurecido, mientras el joven solo, recostado en aquella percha alta a treinta metros de distancia, me examinaba con ojos sanguinarios.

Esta fue sólo la primera de una serie de depredaciones. Pasé los dos días siguientes en la biblioteca resistiéndome por algún motivo a visitar la costa, sintiendo que había presenciado quizá el fin próximo de una magnífica ilusión. La próxima vez que crucé las dunas y empecé a andar por la arena de la costa, el gigante estaba a poco más de veinte metros de distancia, y ahora, cerca de los guijarros ásperos de la orilla, parecía haber perdido aquella magia de remota forma marina. A pesar del tamaño inmenso, las magulladuras y la tierra que cubrían el cuerpo le daban un aspecto meramente humano; las vastas dimensiones aumentaban aún más la vulnerabilidad del gigante.

Le habían quitado la mano y el pie derechos, los habían arrastrado por la cuesta y se los habían llevado en un carro. Luego de interrogar al pequeño grupo de personas acurrucadas junto al rompeolas, deduje que una compañía de fertilizantes orgánicos y una fábrica de productos ganaderos eran los principales responsables.

El otro pie del gigante se alzaba en el aire, y un cable de acero sujetaba el dedo grande, preparado evidentemente para el día siguiente. Había unos surcos profundos en la arena, por donde habían arrastrado las manos y el pie. Un fluido oscuro y salobre goteaba de los muñones y manchaba la arena y los conos blancos de las sepias. Cuando bajaba por la playa advertí unas leyendas jocosas, svásticas y otros signos, inscritos en la piel gris, como si la mutilación de este coloso inmóvil hubiese soltado de pronto un torrente de rencor reprimido. Una lanza de madera atravesaba el lóbulo de una oreja, y en el centro del pecho había ardido una hoguera, ennegreciendo la piel alrededor. La ceniza fina de la leña se dispersaba aún en el viento.

Un olor fétido envolvía el cadáver, la señal inocultable de la putrefacción, que había ahuyentado al fin al grupo de jóvenes. Regresé a la zona de guijarros y trepé al montacargas. Las mejillas hinchadas del gigante casi le habían cerrado los ojos, separando los labios en un bostezo monumental. Habían retorcido y achatado la nariz griega, en un tiempo recta, y una sucesión de innumerables zapatos la habían aplastado contra la cara abotagada.

Cuando visité otra vez la playa, a la tarde del día siguiente, descubrí, casi con alivio, que se habían llevado la cabeza.

Transcurrieron varias semanas antes de mi próximo viaje a la costa, y para ese entonces el parecido humano que habla notado antes había desaparecido de nuevo. Observados atentamente, el tórax y el abdomen recostados eran evidentemente humanos, pero al troncharle los miembros, primero en la rodilla y en el codo y luego en el hombro y en el muslo, el cadáver se parecía al de algún animal marino acéfalo: una ballena o un tiburón. Luego de esta perdida de identidad, y las pocas características permanentes que habían persistido tenuamente en la figura, el interés de los espectadores había muerto al fin, y la costa estaba ahora desierta con excepción de un anciano vagabundo y el guardián sentado a la entrada de la cabaña del contratista.
Habían levantado un andamiaje flojo de madera alrededor del cadáver y una docena de escaleras de mano se mecían en el viento; alrededor había rollos de cuerda esparcidos en la arena, cuchillos largos de mango de metal y arpeos; los guijarros estaban cubiertos de sangre y trozos de hueso y piel.
El guardián me observaba hoscamente por encima del brasero de carbón, y lo saludé con un movimiento de cabeza. El punzante olor de los enormes cuadrados de grasa que hervían en un tanque detrás de la cabaña impregnaba el aire marino.

Habían quitado los dos fémures con la ayuda de una grúa pequeña, cubierta ahora por la tela abierta que en otro tiempo llevaba el gigante en la cintura, y las concavidades bostezaban como puertas de un granero. La parte superior de los brazos, los huesos del cuello y los órganos genitales habían desaparecido. La piel que quedaba en el tórax y el abdomen había sido marcada en franjas paralelas con una brocha de alquitrán, y las cinco o seis secciones primeras habían sido recortadas del diafragma, descubriendo el amplio arco de la caja torácica.

Cuando ya me iba, una bandada de gaviotas bajó girando del cielo y se posó en la playa, picoteando la arena manchada con gritos feroces.

Varios meses después, cuando la noticia de la llegada del gigante estaba ya casi olvidada, unos pocos trozos del cuerpo desmembrado empezaron a aparecer por toda la ciudad. La mayoría eran huesos que las empresas de fertilizantes no habían conseguido triturar, y a causa del abultado tamaño, y de los enormes tendones y discos de cartílago pegados a las junturas, se los identificaba con mucha facilidad. De algún modo, esos fragmentos dispersos parecían transmitir mejor la grandeza original del gigante que los apéndices amputados al principio. En una de las carnicerías más importantes del pueblo, al otro lado de la carretera, reconocí los dos enormes fémures a cada lado de la entrada. Se elevaban sobre las cabezas de los porteros como megalitos amenazadores de una religión druídica primitiva, y tuve una visión repentina del gigante trepando de rodillas sobre esos huesos desnudos y alejándose a pasos largos por las calles de la ciudad, recogiendo los fragmentos dispersos en el viaje de regreso al océano.

Unos pocos días después vi el húmero izquierdo apoyado en la entrada de un astillero (el otro estuvo durante varios años hundido en el lodo, entre los pilotes del muelle principal). En la misma semana, en los desfiles del carnaval, exhibieron en una carroza la mano derecha momificada.

El maxilar inferior, típicamente, acabó en el museo de historia natural. El resto del cráneo ha desaparecido, pero probablemente esté todavía escondido en un depósito de basura, o en algún jardín privado. Hace poco tiempo, mientras navegaba río abajo, vi en un jardín al borde del agua, un arco decorativo: eran dos costillas del gigante, confundidas quizá con la quijada de una ballena. Un cuadrado de piel curtida y tatuada, del tamaño de una manta india, sirve de mantel de fondo a las muñecas y las máscaras de una tienda de novedades cerca del parque de diversiones, y podría asegurar que en otras partes de la ciudad, en los hoteles o clubes de golf, la nariz o las orejas momificadas cuelgan de la pared, sobre la chimenea. En cuanto al pene inmenso, fue a parar al museo de curiosidades de un circo que recorre el noroeste. Este aparato monumental, de proporciones sorprendentes, ocupa toda una casilla. La ironía es que se lo identifica equivocadamente como el miembro de un cachalote, y por cierto que la mayoría de la gente, aun aquellos que lo vieron en la costa después de la tormenta, recuerda ahora al gigante (si lo recuerda) como una enorme bestia marina.

El resto del esqueleto, desprovisto de toda carne, descansa aún a orillas del mar: las costillas torcidas y blanqueadas como el maderaje de un buque abandonado.