lunes, 30 de julio de 2012

BESAR A PARTIR DE J-L NANCY  O COMO PENSAR LA EXPERIENCIA DEL LÍMITE COMO TACTO

A ojos de la gran metafísica racionalista conceptual y abstracta, la cuestión del besar es insignificante, trivial, un detalle óntico accidental como diría Heidegger que a lo más que pudiera aspirar es a ser tratado o tematizado bien por una poesía de corte ñoño o bien por aquel individuo que todavía no ha besado a una mujer en su vida.
Dice J-L Nancy que los que se ocupan de la filosofía manejan y se las ven con una materia muy sutil, el sentido, y junto con ello la orientación existencial del hombre. El beso, como el sentido, no es ni propiamente presente ni ausente sino que acontece como una contraefectuación según la terminología de Gilles Deleuze, a saber, a la vez que se efectúa se desrealiza, habitando en el gozne entre la presencia y la ausencia.
Respecto al sentido, no se le puede ubicar en un-más-allá-del-mundo sino que el sentido lo constituye el mundo como tal. Así lo explica Nancy en “El sentido del mundo”: “En tanto el mundo estaba esencialmente referido con lo otro (con otro mundo o con un autor del mundo) podía tener un sentido pero el fin del mundo consiste en que ya no hay más esta referencia esencial y que, esencialmente, es decir, existencialmente, ya no hay más que el mundo “mismo”. Entonces, el mundo ya no tiene más sentido, pero es el sentido”.
Por tanto, el pensar que propone Nancy sobre esta factualidad ya no trata de reconducirla a un sentido capaz de asumirla sino que localiza en la factualidad misma, en su verdad de hecho, todo el sentido posible.
Para Nancy, todo espacio de sentido es espacio en común. El sentido es un tensor de multiplicidad. Incluso en el corazón de la soledad, el sentido es ser-á-mas-de-uno. Según Nancy, todos aquellos que ceden a la demanda de sentido demandan al mundo que se signifique como residencia, abrigo, habitación, salvaguarda, intimidad, comunidad, subjetividad, es decir, un significante de un significado propio y presente. Esta demanda de la metafísica de un sentido del mundo entendido como fundamento absoluto, incondicionado y universal se ve quebrado por el acontecimiento que marca  nuestro presente histórico y que Nancy denomina como “mundalización del mundo” que va asociado con el cosmopolitismo y con la teletécnica. Esta “mundalización del mundo” desapropia y designifica aquel sentido metafísico demandado, haciéndolo jirones o reduciéndolo a escombros, una suerte de residuos procedentes del imperio metafísico de la identidad, de la esencia y de la representación falogocéntrica como diría Derrida.
Son estos restos o jirones de sentido los que llaman la atención filosófica de J-L Nancy en tanto que sentido posible en las condiciones de vida actual, a saber, ya no hay un sentido completo y fundante ya que el mundo deviene en el proceso de “mundalización” ya no como mundus o cosmos, es decir, como  totalidad ordenada según un logos metafísico y que puede ser racionalizado.
En “El sentido del mundo” Nancy afirma que ya no hay mas mundo, ni más ordenación compuesta y completa en el interior o desde el interior de la cual encontrar lugar, abrigo y las señales de una orientación. Ya no contamos más con el “aquí-abajo” de un mundo que daría paso a un más allá del mundo o a un mundo otro. No hay más espíritu del mundo ni historia para dirigirse a su tribunal. No hay más sentido del mundo.
Estos jirones de sentido antes aludidos y que interesan tanto a Nancy pueden localizarse a partir del desmontaje o deconstrucción del cristianismo por medio de una desontologización  y una desmitificación. La desnudez del sentido es la interrupción del mito, donde Occidente se consuma. Nancy aborda el tema del sentido a través de la metáfora del cuerpo haciendo notar que no hay unidad de sentido del concepto de “sentido” ni sentido original, ni matriz de sentido ni derivación etimológica unívoca. El sentido no se da en forma acabada sino que se contraefectua, apareciendo en su ausencia, que se realiza en su desrealización. Por tanto, su presencia y su ausencia se codeterminan. La totalidad del sentido es para Nancy la unidad inasignable del sentido sensible y del sentido direccional. El intento de Nancy de pensar el  cuerpo se articula considerándolo como un “corpus”, una “suma”. El cuerpo como lugar de la apertura del ser, lugar de existencia, lugar como espacio abierto, indefinido, a-céfalo, a-fálico, a-estructural.
Para Nancy, la única verdad que acontece es la evidencia sensible aquí y ahora de “este” cuerpo. Corpus como cartografía sin lugares naturales ontológicamente privilegiados. Un elenco anárquico de las zonas del cuerpo que ofrece un conjunto  heterogéneo de perspectivas plurales. La verdad del sujeto es su exterioridad y su excesividad, su exposición infinita, un cuerpo volcado hacia afuera. Comunicar el cuerpo sin significarlo.
Para Nancy, “a la escritura le corresponde solo tocar al cuerpo con lo incorporal del sentido y de convertir, entonces, lo incorpóreo en tocante y el sentido en un toque”. Es en la línea de separación donde el pensamiento puede, instantánea y fugazmente, tocar al cuerpo dejándolo en lo que es. Como pura alteridad.
Las partes que constituyen al corpus que piensa Nancy  establecen sus relaciones desde la fragmentación, la suspensión y la interrupción. El lenguaje es pura significancia y espaciamiento entendido como apertura producida por un toque, emergencia de una distancia o diferencia: lo corporal abre una distancia en lo incorporal haciendo emerger una interrupción del sentido. El cuerpo es la distancia de sí del sujeto. El cuerpo como excripcion implica un exponer, una extensión: el cuerpo como un afuera que se expone.
El tocar es un acto esencialmente corporal y con el cual emerge el límite. El cuerpo es un espaciamiento, un fuera de lugar, no localizable sino en la pura distancia abierta. El cuerpo ocupa un lugar de tensión, en un estar-entre: son marcación y emergencia de un límite. Sentido del cuerpo sentiente, como diría Zubiri de la inteligencia, de otro cuerpos.
Al final de la metafísica del sentido estamos expuestos al abandono del sentido. El sentido ha dejado de ser interpretado como centro cerrado y replegado sobre sí mismo, como fundamento estable del ser.
El estar-ahí, al borde, es lo que nos hace estar expuestos; el sentido está abierto en el límite, el sentido es el límite, el sentido es la piel del cuerpo, el sentido es cuerpo. El sentido es el mundo, siempre como límite, siempre como tacto, al contacto. Al estar en contacto, tocando y siendo tocado, el besar marca nuestro límite y nos marca como límites.
El besar constituye un acontecimiento insolente, desmedido, pasional de fundir y confundir límites, que se tocan tangencialmente boca-a-boca, boca-a-otros-lugares-corporales: besar constituye la experiencia del límite de la alteridad como alteración del límite propio.
Para la metafísica de matriz moralista y un tanto pacata, es necesario tocar pero no mucho. Hay que evitar el exceso. No tocarse mucho no vaya a convertirse en un vicio, no vaya a producir revoluciones y se levante algo.
Hay que evitar la tentación para evitar el peligro que implica la aventura de tentar, de palpar, de besar, de acariciar, de comer sin comer del todo.
Hay que evitar el engaño de los sentidos: los sentidos engañan a traición piensa el fundador de la modernidad filosófica (Descartes). La metafísica decide recluirse en la interioridad de la sustancia pensante, lugar seguro frente al caótico y azaroso mundanal ruido. Puedo dudar de todo excepto de que dudo, y al dudar alcanzo la evidencia del cogito, ergo sum, del yo como sustancia.
Para Nancy, la existencia es pluralidad de singularidades: ser singular plural. Ya no se puede pensar en términos de sustancia. El mundo es constante y constitutivamente fractura, diferir espaciotemporalmente de la diferencia. En el pensamiento finito que propone Nancy no se produce ninguna dialectización entre lo sensible y lo inteligible: el ente se nos da corporalmente (no tenemos cuerpo, somos cuerpo), en algún sentido y nunca en su totalidad, en cada encuentro con él y sin que sea posible identificar una esencia. El acontecimiento del sentido consiste en la presencia que viene al encuentro y la tarea del pensar se da, precisamente, en el momento singular de la  venida del sentido. El sentido del ser no es común sino que el “en-común” del ser transita todo el sentido o, de otro modo, la existencia no es más que para ser compartida. La experiencia del límite como tacto, del límite-tacto, del ente finito que coexiste, sin comunión, en la distancia, en la diferencia irreproductible que implica el entre-cada-uno. Esto es el pensamiento finito de Nancy.
La caricia o el beso constituirían una suerte de recorrido interminable de la separación, una relación sin relación (“no hay relación sexual” dice Lacan). El cuerpo es la libertad desencadenándose. La diferencia sexual es el intervalo que separa, es la relación que escande e interrumpe el continuum del ser pensado como fundamento. El besar supone una interrupción, una irrupción, una extenuación, un volverse tenue en el diferir que separa los cuerpos y. por ende, une. El besar, como el intruso, continua por venir y la venida no cesa de ser una intrusión, ser sin derecho, sin adaptación, que supone una molestia, una mas(que)turbación en la intimidad.
Se cierran los ojos, metáfora de la superación del oftalmocentrismo de la metafísica falogocéntrica de la presencia, para intensificar la sensibilidad de los labios al besar. El beso es el tacto amoroso que revela el cuerpo, el beso que renueva el toque recurrentemente. Una boca que deconstruye el fonocentrismo metafísico al tocar antes que hablar.
“Un solo beso, dice Nancy,  con tal que sea de amor” ¿y puede, en verdad, haberlos de otro modo? Un beso es siempre perturbador. Un beso es la disolución del antiguo concepto de sujeto (yo es constituido roto).
El tacto es una comunicación que no revela ni significa algo distinto al propio tocarse. Tocar es existir sin significar. Ya no hay dualidad sino sólo tacto. Se muestran los cuerpos como su pura extensión sin fondo. Su ser-limite. No hay “la boca-sustancia”. Ser límite es, para Nancy, la única manera de ser: existir es estar constantemente expuestos al límite sin poder dar un paso hacia ninguno de los lados. El cuerpo como pura piel extensa y expuesta  a los flujos de deseos.
Para concluir esta somera reflexión quisiera citar, a falta de una cita de otro tipo, un fragmento de Rayuela de Julio Cortázar que nos muestra como la literatura o el arte en general puede pensar  y reflexionar sobre y desde los pliegues, los intersticios y las fracturas de lo real mucho más lúcida y potentemente que lo pueda hacer el discurso lógico-conceptual de la filosofía.
Decíamos que este fragmento de Rayuela, de una belleza marcada, reza como sigue: “Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente mordiéndose en los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes jugando en sus recintos (…) entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos (…) y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua”. Después de teorizar un buen rato sobre el besar, toca besar a quien se deje.

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