viernes, 25 de enero de 2013


Poseía mi padre una pequeña hacienda en el condado de Nottingham. Yo era el tercero de sus cinco hijos. Cuando cumplí catorce años me envió a Cambridge, al colegio Emmauel, en el que residí otros tres, enfrascado de lleno en mis estudios.
Pero como los gastos de mi mantenimiento (aunque la cantidad a mí asignada era muy escasa) resultaban excesivos para fortuna tan reducida, me vi obligado a entrar como aprendiz del señor James Bates, cirujano eminente de Londres, con quien permanecí cuatro años...
Nos abandonamos al merced de las olas y a eso de la media hora, un repentino golpe de viento del norte volcó nuestro bote...

Estaba amaneciendo, intenté levantarme pero no me pude ni siquiera mover, porque resultaba que, echado boca arriba como había quedado, me encontré con que mis piernas y brazos estaban fuertemente sujetos al suelo a ambos lados. De la misma manera tenía atados mis cabellos....


Empecé a oir en torno a mí un ruido confuso, pero en la posición en que estaba no me era posible ver otra cosa más que el cielo.
Al cabo de un instante sentí que algo vivo se movía sobre mi pierna izquierda y que, avanzando suavemente pecho arriba, se llegaba hasta casi mi barbilla. Al volver la vista hacia abajo lo más que puede, advertí que se trataba de una criatura humana, que no llegaba a medio palmo de alto, con un arco y unas flechas en las manos y una aljaba en su espalda.....

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