domingo, 6 de diciembre de 2009
verdadera descripción de un costalazo: bajábamos de lo alto del monte Coloco (la segunda cima más alta en las inmediaciones de Vegas de Matute), tras haber atravesado zarzales y alcornoques o encimas con líquenes. Unas ramas espesas de un conjunto de árboles me obligaban a agacharme para cruzar sin destrozarme la jeta. Hice lo que, sin eufemismos, puede calificarse como una patética sentadilla. Estaba caminando en cuclillas de esa guisa cuando el cuerpo se me fue de lado de la forma más indigna posible. Era ya inevitable y lo peor es que tenía las manos en Parla. Así, como un fardo, caí encima de una mierda seca. A mis espaldas Manuela y Ernesto pasaron de todo. Finalmente escuche como mi mujer decía: "Hijo ayuda a tu padre que se ha caído". Tiene cojones: podía haber roto los costillares y allí estaban a punto de caramelo para carcajearse. Lo cierto es que pude incorporarme, como suele decirse, por mi propio pie que tengo (el derecho) bastante maltrecho desde hace un mes. Sin poder explicar la razón, me sentí "divino de la muerte". Es como si el golpe penoso me hubiera recompuesto el corpachón. No me llegué a dar con la cabeza en el suelo pero en cierta medida me ordenó las ideas. En verdad no hay mal que por bien no venga. Ese barrigazo o, para ser más preciso, ese pluscuamperfecto ejercicio de caer como un gorrino degollado, me ha venido de perlas. Gracias al costalazo soy otro. Me encantaría regresar cada domingo a ese justo punto para convertir mi derrumbamiento en un ritual. Animo a todos los antropófagos a experimentar este inmenso placer.
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