viernes, 11 de diciembre de 2009



No necesito deciros que la inclinación a la voluptuosidad es, en las mujeres recluidas, el único móvil de
su intimidad; no es la virtud lo que las une; es el vicio; gustas a la que se inclina hacia ti, te conviertes en la
amiga de la que te excita. Dotada del temperamento más vivo, desde la edad de nueve años había acostumbrado
a mis dedos a que respondiesen a los deseos de mi cabeza, y, desde esta edad, no aspiraba más que a
la felicidad de encontrar la oportunidad de instruirme y lanzarme a una carrera cuyas puertas me abría ya
con tanta complacencia la naturaleza precoz. Euphrosine y Delbène me ofrecieron pronto lo que yo buscaba.
La superiora, que quería hacerse cargo de mi educación, me invitó un día a comer... Euphrosine se
hallaba allí, hacía un calor insoportable, y este ardor excesivo del sol les sirvió de excusa a ambas para el
desorden en que las encontré: hasta tal punto era así que, excepto una blusa de gasa, sujeta simplemente
con un gran lazo rosa, estaban prácticamente desnudas.

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