
Mucho se ha dicho sobre la manera en que a partir de los parámetros sociales, el sujeto va construyendo su cuerpo. El cuerpo es siempre, tal como lo analiza, por ejemplo, Michael Foucault, un cuerpo al que se normaliza, se controla, se manipula y se da forma, al que se educa y se le insta a obedecer una serie de reglamentos escolares, familiares, militares, etc.
Esta normalización implica desde instrucciones para control de los gestos y tratados de buenas maneras, dietas y rutinas gimnásticas hasta códigos morales o leyes jurídicas. La comunidad, por su parte, permanece en todos los casos atenta a la detección de la inobservancia de las normas a través de una serie de técnicas e instituciones que se atribuyen la tarea de medir, controlar y corregir a los anormales y hacer funcionar los dispositivos disciplinarios sobre los mismos.
Uno de los tópicos que se presentan de manera recurrente en los textos de Cortázar es, precisamente el del cuerpo en su relación con los discursos sociales. En sus textos, el cuerpo es la norma pero también es eso que se escapa y queda fuera de la norma. Los límites, la trasgresión de los límites, la identidad, la relación yo-los otros son temas que revisten fundamental interés. El cuerpo en Cortázar se presenta o bien como desconocido y misterioso, atravesado por lo accidental y lo insólito y quedando fuera de la red simbólica o bien como prisionero de opresivos sistemas de causalidades, del determinismo y la fatalidad. En ambos casos, es la Ley social la que determina la norma a seguir, la que critica, denuncia y condena.
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