lunes, 7 de diciembre de 2009

Los principios sobre los cuales la filosofía (clásica) investiga y fundamenta su ejercicio son, por definición, principios a-filosóficos, esto es, ulteriormente indemostrables, no divisibles y por lo tanto no conceptualizables; en su carácter de causa sui representan el absurdo del Barón de Münchhausen que tirando del cabello hacia arriba consiguió sacarse si mismo y a su caballo de una ciénaga [1]; son al mismo tiempo la causa primera y el efecto primero del origen. En otras palabras: los principios de la razón son ante todo lo irracionable, aquello más allá de lo cual no se puede ni se debe continuar el análisis, de modo tal que para el escéptico tales principios siempre aparecen como una limitación del conocer y nunca como el fundamento último del ser. Esto sucede porque la determinación de los principios no trasciende en ningún momento el ámbito de lo condicionado (be-dingt, literalmente, lo cosificado); los principios no se ofrecen a través del análisis, sino que son hipótesis de trabajo, hipótesis a la mejor solución, cuya determinación efectiva no pasa –en la mayor parte de los casos- por menos de ser un acto de la libertad individual o del gusto estético [2], cuando no una mera traducción filosófica que limpia, pule y da esplendor a cierto prejuicio arraigado en el Zeitgeist. Los principios son justamente aquello que no puede ser deducido, cuanto menos de-finido, delimitado, dado que toda limitación implica una trascendencia respecto al objeto de estudio; por otro lado, una fundamentación que radique en la delimitación última e intraspasable del conocimiento humano (esto es una fundamentación de corte kantiano) apunta más bien, en su fructífero ejercicio de delimitación trascendental, a la posibilidad de “hallarse al otro lado”. En si mismos considerados, los principios de la filosofía parecerían resumirse bajo este cartel que reza “afirmaciones gratuitas”, o bajo aquél de “frivolidades estéticas”. Los principios filosóficos quedarían así reducidos a simples juegos de ideas que carecen de valor per se y que no alcanzan una efectiva razón de ser a través del ejercicio de la razón teórica. Ante esta aporía una solución posible es el abandono o la clausura de la filosofía, una solución arto generalizada, aunque bastante poco pragmática, por no decir hipócrita [3]. En otro orden de intereses, aquellos que acepten los términos del dilema habrán de aceptar que en última instancia el criterio (de haberlo) que permita una valoración objetiva de las teorías entre sí y sus diversos sistemas de fundamentación, ha de tener una raigambre extra-mental, no única y exclusivamente fundamentada en principios racionales, a saber: un compromiso ético de la razón práctica que se refleja en el plano teórico en la adopción y defensa de una determinada ideología social. [Ideología = verdadero motor de la ciencia filosófica] Esta es -a mi modo de ver- la única posibilidad de una filosofía que se presente como fundamental, su asentamiento sobre un sentido pragmático propio de una conciencia social que no ignora la contingencia de sus fundamentos y la determinación histórico-social de sus fines, sino que los explicita en una clara apuesta por la realidad y su compromiso con ella.

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[1] Véase Arthur Schopenhauer: La cuádruple raíz del principio de razón suficiente, Ed. Gredos, Madrid, 1990.

[2] En términos parecidos, aunque con una intención totalmente diferente a la que nos atañe, apelaba Schelling en su “Sistema del idealismo trascendental” a la intuición estético-sensible como elemento fundamental y guía en la determinación de los principios racionales. “El arte –afirma- es lo mas alto para el filósofo porque le abre, por así decirlo, el acceso al santuario en el que, en una unión eterna y original, arde en una sola y única llama aquello que en la naturaleza y en la historia está separado, y aquello que en la naturaleza y en la historia está separado, y aquello que en la vida y en la acción, así como en el pensamiento, huye eternamente […]. El arte es el único órganon de la filosofía.” De modo menos ambicioso -y acaso más crítico- que el fragmento Schelling, nosotros concluimos en aceptar la raíz al mismo tiempo pulsional y convencional (características ambas del fenómeno estético) inherente a la determinación de los principios filosóficos; principios que son producto, también, de una cultura que en gran medida se ve determinada por las inclinaciones-intuiciones estético-sensibles del psique colectivo.

[3] Cuántos filósofos han y habrán de declararse clausuradores, últimos exponentes, a su pesar, de la filosofía que ellos mismos profesan con descaro, cuando no definiéndose como enemigos acerrimos de toda forma de la misma; todo ello -claro está- bajo el discurso y el capital heredado la tradición filosófica.

2 comentarios:

  1. Las palabras proponen algo que queda fuera de ellas. Quien dice esto, se reserva cierto monopolio sobre lo que ha dejado fuera. Este estilo de filosofar no es otro que la ironía y la caústica llevadas al pensamiento. Foucault y Schopenhauer tenían este carácter; la filosofía no se dedica entonces a pensar el tiempo sino el carácter, y más concretamente, la forma de hablar; cuestión de estilo.

    Decir que la raiz de la razón queda fuera de lo representable recuerda al tono del irónico que deja sus afirmaciónes fuera de lo comprensible. Pero si bien este tono deja cosas fuera, nos dice, por otra parte mucho acerca del límite. No es fácil rebasar de un salto y ponerse del otro lado. Las tentativas son muchas y muy poco lo que puede decirse cuando se ha conseguido; quizás no haya ninguna voz que llegue a decirnos algo con claridad. Hay quien busca salir fuera viajando, pero ya nos advierte Cavafis:

    Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
    La ciudad te seguirá. Vagarás
    por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
    y en estas mismas casas encanecerás.
    Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
    no hay barco para ti, no hay camino.
    Así como tu vida la arruinaste aquí
    en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.

    No hay quizás ninguna razón para ir al otro lado; a lo mejor, está sólo el deseo de cruzar. La razón cuando atiende al deseo ha dejado de comprenderse y ha olvidado qué es el deseo. ¿A qué atender entonces? El irónico, en su tono, nos revela algo acerca de nuestro propio deseo y, en lo que nos concierne, algo acerca de la filosofía. La tarea de ésta sea quizás, no la comprensión de o que está al otro lado sino la comprensión de la frontera, esto es, del límite. Es aquí donde pueden convivir razón y deseo. Entonces es apropiado escuchar lo que hay en las palabras de la ironía. Quizás haya que volver entonces sobre las propias palabras de Sócrates que nunca dejaron de parecer una ironía.

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  2. Las palabras proponen algo que queda fuera de ellas. Quien dice esto, se reserva cierto monopolio sobre lo que ha dejado fuera. Este estilo de filosofar no es otro que la ironía y la caústica llevadas al pensamiento. Foucault y Schopenhauer tenían este carácter; la filosofía no se dedica entonces a pensar el tiempo sino el carácter, y más concretamente, la forma de hablar; cuestión de estilo.

    Decir que la raiz de la razón queda fuera de lo representable recuerda al tono del irónico que deja sus afirmaciónes fuera de lo comprensible. Pero si bien este tono deja cosas fuera, nos dice, por otra parte mucho acerca del límite. No es fácil rebasar de un salto y ponerse del otro lado. Las tentativas son muchas y muy poco lo que puede decirse cuando se ha conseguido; quizás no haya ninguna voz que llegue a decirnos algo con claridad. Hay quien busca salir fuera viajando, pero ya nos advierte Cavafis:

    Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
    La ciudad te seguirá. Vagarás
    por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
    y en estas mismas casas encanecerás.
    Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
    no hay barco para ti, no hay camino.
    Así como tu vida la arruinaste aquí
    en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.

    No hay quizás ninguna razón para ir al otro lado; a lo mejor, está sólo el deseo de cruzar. La razón cuando atiende al deseo ha dejado de comprenderse y ha olvidado qué es el deseo. ¿A qué atender entonces? El irónico, en su tono, nos revela algo acerca de nuestro propio deseo y, en lo que nos concierne, algo acerca de la filosofía. La tarea de ésta sea quizás, no la comprensión de o que está al otro lado sino la comprensión de la frontera, esto es, del límite. Es aquí donde pueden convivir razón y deseo. Entonces es apropiado escuchar lo que hay en las palabras de la ironía. Quizás haya que volver entonces sobre las propias palabras de Sócrates que nunca dejaron de parecer una ironía.

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