
De la ficcion apocaliptica de J.G. Ballard a la realidad en prospectiva de Michael T. Clare hay una delgada linea roja,
“Es muy difícil volver a mitologizar la propia vida. Uno se cuenta historias de abundancia para apoyarse, para inspirar la soledad personal. Lo que necesita es una nueva serie de sueños, paisajes, bosques. ¿Y qué ocurre? Me quedo aquí sentado con un whisky con soda, viendo Los casos de Rockford”.
Ballard como el gran paisajista de la pesadilla de la modernidad. Del espacio de las grandes ciudades. De la agorafobia. Hay poesía en esa naturaleza muerta hecha de acrílico, de cemento. Una poesía que no trata del hombre, sino del lugar después del hombre: un miedo arcaico traído a un escenario con inmensos edificios y con silenciosos estacionamientos y con piscinas sin agua. Después de Ballard, encontramos religiosidad en las carreteras interminables, en los aviones caídos en el desierto, en las metrópolis que no tienen fin, en el accidente que le quitó la vida a James Dean.
Tras alborotar el ordenado mundo de la ciencia ficción J.C. Ballard se calzo con un manifiesto literario que escandalizó a muchos pero atrajo a pocos, Ballard buscó nuevos caminos. Se tomó un tiempo para explorar la soledad y el deterioro de los vínculos sociales en las grandes ciudades. Luego se propuso construir una suerte de realismo mágico urbano en Compañía de sueños ilimitada. Incursionó por lo metafísico con obras como El mundo de cristal, y dio su último golpe de timón cuando se instaló en el hiperrealismo y el expresionismo. En los años noventa abandonó el cuento para consagrarse a la novela y se desentendió del futuro para indagar sus dos grandes temas: el "presente invasor", que nos priva de memoria y de esperanza, y la "muerte del afecto", signo del nihilismo.
Por otro lado est'a Michael T. Klare, profesor de Estudios de la paz y la seguridad mundial en el Hampshire College de Amherst, Massachusetts, y autor de Blood and Oil: The Danger and Consequences of America`s Growing Petroleum Dependency. Su último libro sobre geopolítica de la energía, Rising Powers, Shrinking Planet: The New Geopolitics of Energy, editorial de Metropolitan Books.
En una de sus ultimas conferencias afirma,
Sólo hay una cosa, desafortunadamente, segura: la era del exceso energético acarreará intensas batallas geopolíticas por el control de las fuentes remanentes entre los mayores productores y consumidores de energía, como los Estados Unidos, China, la Unión Europea, Rusia, India y Japón. Rusia y Noruega, por ejemplo, ya tienen abierto un contencioso fronterizo en el mar de Barents, una promisoria fuente de gas natural en el extremo norte. China y Japón, por su parte, han tenido desencuentros similares en torno al Mar de China Oriental, un área que alberga otro gran yacimiento gasífero. Todos los países del Ártico –Canadá, Dinamarca, Noruega, Rusia y los Estados Unidos- han reclamado sus derechos sobre porciones muchas veces coincidentes del Océano Ártico, lo que ha generado inéditas disputas fronterizas en estas zonas ricas en energía.
Ninguna de estas disputas ha derivado aún en un conflicto violento, pero ya han tenido lugar algunos despliegues de buques y aviones de guerra y es posible que los ánimos se caldeen a medida que aumente la consciencia del valor de los recursos en juego. No hay que olvidar, al mismo tiempo, que de hecho ya existen algunos puntos calientes ligados a la lucha por la energía en Nigeria, Oriente Medio y la Cuenca del Caspio. En la era de los límites energéticos que se avecina, por fin, tampoco pueden descartarse conflictos en torno a las cada vez más apetecibles zonas en las que la energía es simplemente accesible.
Para muchos de nosotros, la vida en la era del exceso energético no será fácil. Los precios de la energía aumentarán, los peligros ambientales se multiplicarán, cantidades cada vez mayores de dióxido de carbono irán a parar a la atmósfera y el riesgo de conflictos crecerá. Sólo tenemos dos opciones para acortar esta complicada era y mitigar su impacto. Las dos son absolutamente obvias, lo cual, desafortunadamente, no hace más fácil su puesta en práctica: acelerar de manera drástica el desarrollo de fuentes de energía renovable y disminuir sensiblemente nuestra dependencia de los combustibles fósiles, reorganizando nuestras vidas y nuestra civilización de manera que tengamos que recurrir menos a ellos en todo lo que hagamos.
Puede que esto suene demasiado sencillo, pero intenten decírselo a los que gobiernan el mundo. A las grandes empresas de la energía. Lo último que hay que perder es la esperanza, y hay que trabajar por ello. Pero mientras tanto, mantengan ajustados los cinturones de seguridad. El viaje en montaña rusa está a punto de comenzar.
Michael T. Klare es profesor de estudios de Paz y Seguridad Mundial en el Hampshire College. Su último libro es Rising Powers, Shrinking Planet: The New Geopolitics of Energy (Metropolitan Books).
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